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Ocho respuestas para entender el cierre de los ingenios

Entre 1966 y 1968, 11 fábricas bajaron las persianas y más de 200.000 comprovincianos debieron emigrar. Conociendo el pasado y aprendiendo de él se puede proyectar un nuevo Tucumán. Video.

1) ¿Qué pasó?

El 22 de agosto de 1966, a través del decreto 16.926, el Poder Ejecutivo Nacional dispuso la “intervención” de siete ingenios tucumanos. La crisis provocó un efecto dominó y al cabo de dos años, hasta 1968, fueron 11 las fábricas que cerraron. Se perdieron alrededor de 50.000 puestos de trabajo y el resultado fue el éxodo de más de 200.000 tucumanos, quienes emigraron en procura de otro horizonte laboral.

2) ¿Cuál era el contexto político?

Gobernaba el país una dictadura militar, encabezada por el general Juan Carlos Onganía. El golpe contra el presidente Arturo Illia se había producido poco antes del decretazo, el 28 de junio de 1966. En Tucumán fue desplazado el gobernador, Lázaro Barbieri, y asumió como interventor el general Delfor Otero. Poco después, el 1 de agosto, reemplazó a Otero otro militar, el general Fernando Aliaga García.

3) ¿Cuál fue el motivo esgrimido para justificar la medida?

La industria azucarera sufría graves problemas de arrastre, potenciados por la sobreproducción de la zafra de 1965. Algunos ingenios estaban en situación de quebranto, otros vivían de un permanente endeudamiento con el Estado y los conflictos con los obreros eran constantes. A los productores el financiamiento no les alcanzaba. La situación, según el Gobierno nacional, era insostenible.

4) ¿Cómo se comunicó la medida?

El ministro de Economía, Néstor Salimei, habló por la cadena nacional de radiodifusión la noche del 21 de agosto. Hay pocos registros históricos sobre el uso de la cadena nacional para hacer referencia al caso específico de una provincia. Dijo Salimei, entre otras cosas: “después de muchos años de inyectar dinero para subvencionar el monocultivo azucarero, Tucumán sigue al borde del caos. El otrora Jardín de la República es hoy, dentro de la Nación, una isla de presente explosivo y de futuro incierto. Hay ingenios que están en quiebra (…) Subsistían por motivos electoralistas e intereses minoritarios. Esos ingenios no pueden subsistir y serán transformados (…) Ningún obrero quedará sin trabajo y sin sueldo”.

5) ¿Cumplió el Gobierno con su palabra?

No. Se implementó un plan de diversificación productiva, llamado “Operativo Tucumán”, que incluyó la radicación de fábricas en distintas zonas de la provincia. Ni se absorbió la mano de obra que había quedado desocupada ni se cumplió la meta de la diversificación.

6) ¿Qué ocurrió el 22 de agosto?

Los ingenios a los que aludía el decreto (Bella Vista, Esperanza, La Florida, Lastenia, Santa Ana, La Trinidad y Nueva Baviera) fueron ocupados por efectivos de Gendarmería y de la Policía Federal. Esas fuerzas habían arribado días antes a la provincia sin que se precisara cuál sería su misión. La tarea fue coordinada por el entonces jefe del Regimiento 19 de Infantería, Antonio Bussi.

7) ¿Cuáles fueron los ingenios que cerraron?

De los siete incluidos en el decreto hubo tres que sobrevivieron a la intervención: Bella Vista, La Trinidad y La Florida, y que hasta hoy se mantienen activos. Los cuatro que cerraron sus puertas fueron Esperanza, Lastenia, Santa Ana y Nueva Baviera. A ellos se sumaron en los meses posteriores Mercedes, Los Ralos, San José, San Ramón, Amalia, Santa Lucía y San Antonio. De 27 ingenios que funcionaban en 1965, tres años más tarde quedaban 16. Un caso particular es el de San Pablo, que sorteó el temporal de los 60 pero tiempo más tarde, en 1992, también bajó la persiana. Hoy son 15 los ingenios que trabajan en Tucumán.

8) ¿Qué ocurrió después del decretazo de 1966?

Tucumán quedó presa de una convulsión económica y social que se ramificó. Las luchas obreras caracterizaron el período inmediatamente posterior y la provincia se convirtió en un foco de resistencia a la dictadura militar. La participación obrera en los Tucumanazos fue notoria. La espiral de violencia nunca se detuvo y lo ocurrido a mediados de los 70 con el Operativo Independencia lo demuestra. Desocupación, protesta y exilio signaron las vidas de los tucumanos y son rasgos distintivos del devenir provincial desde 1966 en adelante. Hoy, a medio siglo de los hechos, el cierre de los ingenios se mantiene como el capítulo clave de la historia para entender la realidad de Tucumán. Es tiempo de que las heridas empiecen a cicatrizar.

LO QUE FUE
Sangría demográfica y crisis total
Silvia Nassif estudió el proceso histórico y las luchas obreras

“El cierre de los ingenios fue el resultado de una campaña de desprestigio a la industria azucarera y provocó una crisis de la que Tucumán todavía no se ha recuperado”, sostiene la historiadora Silvia Nassif. Ella presentó la semana pasada “Tucumán en llamas”, una investigación de 730 páginas focalizada en las luchas obreras y el drama social derivado de aquel agosto de 1966. El libro compendia la tesis doctoral de Nassif en la Universidad de Buenos Aires, trabajo para el que fue codirigida por Roberto Pucci y Alejandro Schneider. Pucci, el maestro, había investigado sobre la industria: su libro “Historia de la destrucción de una provincia” es una referencia ineludible sobre el tema. Nassif, la alumna, puso la lupa en cómo el cierre de los ingenios repercutió en la clase trabajadora y en los pueblos del interior.

– ¿Por qué elegiste este tema?

– Hay toda una generación enfocada en el estudio de la última dictadura militar; a mí me interesaba conocer en qué habían consistido las luchas obreras previas. Eso me llevó al cierre de los ingenios. No había un estudio de esta naturaleza sobre la clase obrera así que me embarqué en la tarea y puedo decir que trabajé con la mayor libertad. Me tocó entrevistar a ex dirigentes estudiantiles, a participantes de los Tucumanazos y sobre todo a ex trabajadores del azúcar. Recorrí todos los pueblos y recogí 60 testimonios. Otras fuentes importantes fueron LA GACETA, que hizo una cobertura muy completa en aquellos años, y el desaparecido diario Noticias.

– ¿Qué se deduce de ese estudio?

– Que la decisión del cierre de los ingenios no fue económica, sino política. Hubo una campaña de desprestigio hacia la industria y una estigmatización de Tucumán, a la que se presentaba como una futura Cuba por el nivel de conflictividad social. Bueno, era el contexto de la época. Después del cierre se produjo un proceso de concentración monopólica del azúcar, del que se beneficiaron empresarios de otras provincias, pero también de Tucumán. Un ejemplo: en 1973, con 11 ingenios menos, se produjo un 24,9% más de azúcar que en 1965.

– ¿Cuál fue el resultado en lo social?

– Según Fotia, la pérdida de puestos de trabajo llegó a 50.000. En cuanto a la emigración no hay cifras precisas, pero no fueron menos de 200.000 los tucumanos que se fueron y no sólo a Buenos Aires. Resultó una sangría demográfica. Hubo consecuencias graves en los pueblos, que se notaron con el tiempo: mortalidad infantil, deserción escolar, analfabetismo. Por otro lado, crecieron la violencia de género, las adicciones. Una crisis en todos los sentidos.

– ¿Cómo reaccionaron los trabajadores?

– El libro demuestra que lucharon de forma sostenida. El 14 de diciembre del 66 la CGT convocó un paro nacional y en enero del año siguiente fue asesinada Hilda Guerrero de Molina. No pueden entenderse el Tucumanazo y todo lo ocurrido en los 70 sin conocer lo que el cierre de ingenios significó.

LO QUE VIENE
Las claves para copar los mercados
A Arquímedes Carrizo lo entusiasma el futuro de la industria

La supervivencia de la actividad azucarera no sólo se logrará agregando valor a esa industria, sino también con políticas macroeconómicas que tiendan a fortalecerla. Por eso, el consultor Arquímedes Carrizo considera que la actividad es muy competitiva a nivel global y, por esa razón, tiene futuro pensando en 50 o 100 años.

– ¿Qué enseñanza puede dejarnos la experiencia de 1966?

– Es difícil sacar una enseñanza de un acto de gobierno tan polémico, que generó daño a la economía de Tucumán y que merece opiniones opuestas. Sí está claro que pesó mucho una “leyenda negra”, creada por centros de interés que decían que nuestra provincia era ineficiente y subsidiada en la producción de azúcar. Esa leyenda no tiene ningún sustento. Pude verificar que fue todo lo contrario, ya que durante muchos años los azucareros subsidiaron a la demanda doméstica de azúcar con bajos precios.

– ¿Cómo está actualmente el sector azucarero?

– Saliendo de una crisis de casi cuatro años. El desafío actual es, en primer lugar, recuperar el precio interno a valores superiores al de exportación y que se acerquen al costo de importar azúcar. También el tiempo perdido en inversiones en maquinarias y equipos que mejoren la productividad, lo que permitiría recuperar la participación histórica en el mercado de edulcorantes calóricos biocombustibles.

– ¿Por qué es positivo el contexto?

– El mercado internacional tiene ya un excelente nivel de precios que se extiende para los próximos 24 meses. Con nuevas reglas de juego es muy probable que la caña de azúcar recupere parte del mercado de edulcorantes perdido, pueda absorber la mayor parte del crecimiento en la demanda del bioetanol y desarrolle una política permanente de exportaciones a los países limítrofes, que importan más de 500.000 toneladas de otras partes de mundo cuando nuestro país no los abastece.

– ¿Hacia dónde va la industria?

– Si en el futuro el tipo de cambio no está atrasado y el costo del fondeo para inversiones es similar a los internacionales, podemos esperar una importante expansión del sector en la producción de azúcar y bioetanol en una primera instancia. Este mismo contexto seria muy favorable para el desarrollo de nuevos productos con mayor valor agregado. Los países eficientes en la producción de caña pueden competir con los combustibles fósiles y sus derivados. Los derivados de la sucroquímica (como los detergentes, el ácido cítrico, agroquímicos bio, bioinsumos para procesos industriales, etcétera) y la alcoquímica (plásticos u otros productos) podrían competir con los del petróleo con la ventaja de ser productos naturales, no contaminantes y renovables. La producción de azúcares y alcoholes orgánicos, destinados a alimentos o procesos industriales en el primer mundo, constituye otro mercado con altas tasas de crecimiento y con ingresos interesantes.

Fuente: LA GACETA

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