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El insólito comienzo de campaña de Juntos por el Cambio: Pato criollo

Pepín prófugo, apoyo al golpe en Bolivia y Malvinas británicas.

El macrismo siempre se caracterizó por sus campañas de laboratorio, sus escenografías festivas y sus candidatos ultraguionados. Esta vez algo falló y quedaron enredados en temas más que incómodos. Para colmo, en su intento por disimularlo, terminaron envueltos en un escándalo machista.

Por Luis Bruschtein

A Juntos por el Cambio se le escapó la tortuga con Pepín, Bolivia y Malvinas. La agrupación que se caracterizó por sus campañas de laboratorio, sus escenografías festivas y sus candidatos ultraguionados largó esta carrera por las elecciones de medio término como pato criollo, a cada paso una trastada. La quisieron arreglar con la lista de visitantes a la quinta de Olivos y Fernando Iglesias enchastró el discurso del macrismo con misoginia y violencia machista. Para el oficialismo, una visita inoportuna: el asesor de Seguridad de la Casa Blanca, Jake Sullivan, en la quinta de Olivos.

El rechazo de Uruguay al refugio político de Fabían “Pepín” Rodríguez Simón consolidó las pruebas sobre la mesa judicial y el lawfare; la denuncia del gobierno legítimo boliviano de que el gobierno de Macri envió armas a los golpistas desnuda la raíz autoritaria de la derecha argentina; la protección de Juntos por el Cambio al misógino Fernando Iglesias expuso el pensamiento sobre las discriminaciones de género, y las expresiones probritánicas de la jefa del PRO, Patricia Bullrich, y la candidata Sabrina Ajmechet, respaldadas por Beatriz Sarlo, terminaron de completar el muestrario temático de la alianza conservadora para estas elecciones.

El enviado de Estados Unidos viene con la misión de seducir y acercar al gobierno argentino. A diferencia del maltrato y la prepotencia del ex presidente Donald Trump, la nueva estrategia se basa en acuerdos y diplomacia. Pero los fines son los mismos y la necesidad es más apremiante para el gobierno norteamericano por el avance de China en la región.

De aquí hasta noviembre, Argentina está de cabeza en la campaña para las elecciones de medio término. Para el Gobierno resulta incómoda la idea de introducir así la agenda internacional en el debate, lo cual ocurriría en el marco de las propuestas que habría traído Sullivan, entre ellas la participación argentina en una mesa de diálogo que se realizaría en México entre el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y la oposición.

Es un tema delicado por la forma intervencionista como lo ha manejado la Casa Blanca en todas sus variantes, y por la forma en que lo agita el macrismo en Argentina. Convertirlo en un eje de campaña en esas condiciones podría resultarle un tiro por la culata al Gobierno.

La carta fuerte de Estados Unidos sobre Argentina se la entregó Mauricio Macri en bandeja al contraer la deuda hipermillonaria con el Fondo Monetario Internacional, donde el país del Norte pesa más que ninguno. Enlazados en la discusión de esa deuda con el FMI, tampoco es un buen momento para indisponerse con el presidente Joe Biden.

En una campaña es importante controlar los temas. La vacunación y las estrategias del combate a la pandemia serán seguramente algunos de los que mostrará el oficialismo. En la oposición, los temas surgen como payasitos de cajas de sorpresas. Por lo menos es lo que quieren dar a entender en Juntos por el Cambio.

El desplazamiento de Macri provocó un vacío de poder que genera corcoveos. Algunos dicen que no hay ordenador. Otros, que el ordenador es Horacio Rodríguez Larreta y que no poner límites es su forma de ordenar.

Hace mucho tiempo que en las campañas electorales no se deja nada al azar. Se trabaja con asesores de imagen y encuestadoras, se utilizan emboscadas mediáticas y jugadas judiciales, se estudian los temas y sus derivaciones con meticulosidad de entomólogo y se trata de achicar el margen para errores o sorpresas.

En plena campaña resulta difícil creer en tantas sorpresas y errores como los que cometieron dirigentes y candidatos de la oposición. “No me parece bien, pero lo entiendo” afirmó Macri cuando le preguntaron por la fuga de su apoderado legal, Rodríguez Simón.

Pepín tensó la cuerda y pidió refugio político. Especuló que lo favorecería el nuevo gobierno uruguayo de derecha. La Comisión de Refugiados de Uruguay (CORE) está conformada por funcionarios del gobierno de Luis Lacalle Pou, afín ideológicamente con el macrismo. Y por representantes del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR). Nadie podría acusarlos de kirchneristas. La CORE analizó las pruebas y la fundamentación de la jueza argentina y decidió que Rodríguez Simón no es perseguido político.

La manipulación de la Justicia para la persecución de disidentes –que es el delito en el que está involucrado Rodríguez Simón por su protagonismo en la mesa judicial de Macri– es un tema odioso también para un gobierno neoliberal tentado de usarlo en su provecho, razón por la cual le puede interesar mostrarse como todo lo contrario.

El tema lo instaló Pepín, cuya sombra en el transcurso del proceso judicial oscurecerá la campaña macrista. El fallo no solamente fue un traspié porque aconsejó que no le otorguen el refugio político, sino porque al rechazarlo, dio entidad a las acusaciones que le hacen en Argentina. Ya no pueden decir que se lo persigue para consagrar la “impunidad” de los dueños del canal C5N, como afirmó Elisa Carrió.

Si Pepín es una sombra, el envío de armamento a los golpistas bolivianos se parece más a un eclipse. Los asuntos de la Justicia no son tan populares aunque resuenen en un clima de elecciones. Pero un escándalo internacional que muestra al gobierno de Juntos por el Cambio enviando munición para reprimir manifestaciones en las cuales fueron asesinadas decenas de personas es más difícil de esconder y es indefendible.

Los mensajes de la candidata Sabrina Ajmechet introdujeron otros puntos de debate. Escribió contra adolescentes –es funcionaria de una universidad de formación docente en la CABA– y quiso explicar o justificar el secuestro de estudiantes secundarios durante la dictadura porque eran montoneros. Todo disfrazado con un tono de ironía en cuyo sustrato está la reafirmación. Y dijo que las Malvinas eran británicas. Buen tema de campaña. La jefa del PRO, Patricia Bullrich, ya lo había dicho y las respaldó Beatriz Sarlo, como si la reivindicación de los derechos argentinos fuera una cuestión de patrioteros y “nacional sicóticos”.

Omiten que el reclamo argentino tiene el respaldo de América Latina y de la mayoría de los países en la ONU. No es cuestión de patrioteros o dictadores. Es la confrontación entre el derecho de la fuerza, el derecho de ocupación, que es la imposición colonial que la humanidad quiere dejar atrás, frente al derecho legal, geográfico e histórico que asiste a la Argentina. En Malvinas había población argentina, soldados y autoridades argentinas que fueron desplazados cuando las islas fueron invadidas. Y Argentina nunca dejó de reclamarlas. Técnicamente, el enfoque kelper de Juntos por el Cambio sobre Malvinas es un gol en contra a nivel popular.

Golpeados por estos tropezones, creyeron encontrar en la lista de visitantes a la Quinta de Olivos, en diciembre pasado, un punto de apoyo para contragolpear. Pero lo convirtieron en un griterío sobre orgías imposibles y salió el candidato a la reelección como diputado, Fernando Iglesias, con una cretinada misógina y violenta que provocó fuertes repudios. Pero en Juntos por el Cambio lo protegieron. Es una alianza o frente de partidos que hace y que después dice que no piensa como lo que hace.

Fuente: Pagina12

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