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Del barrio privado de Garro al frigorífico Gorina: la contaminación del arroyo Rodríguez

Vecinos denuncian que se siguen vertiendo deshechos al cauce de agua, y alertan del impacto ecológico y social. Responsabilidades cruzadas y falta de respuestas.

El arroyo Rodríguez nace en las llanuras pampeanas para recorrer aproximadamente unos 16 kilómetros hasta su desembocadura en el Río de la Plata. La mayor parte de ese recorrido atraviesa zonas urbanas, estableciendo por ejemplo la división entre Gonnet y City Bell, constituyéndose por sectores en un oasis ecológico en plena ciudad. Así sucede con el barrio Nirvana, que desde el 27 de diciembre de 1995 es un área ecológica protegida por la Ordenanza municipal número 8607.

Los vecinos del Nirvana disfrutan del microclima y la vida silvestre de la zona, y la cuidan “casi como si fuéramos guardaparques”, cuenta a Diagonales Claudio Pousada, que vive allí desde hace 30 años. Pero desde hace alrededor de un año y medio ese pulmón verde platense empezó a sufrir como nunca antes la irresponsabilidad de los ricos y la desidia de las autoridades, y empezó a convertirse en un lugar en el que cuesta respirar. Y no es una metáfora, “siempre hubo olores cada tanto, pero desde abril del año pasado se incrementó mucho al punto de tornarse un ambiente nauseabundo que hasta hizo que vecinos se fueran a vivir a otro lado” relata Claudio.

Las razones fueron dos, una aparentemente resuelta o al menos mitigada en sus efectos, la otra en aún en pleno impacto y sin certezas para los vecinos sobre cuán cerca esté resolverse. Se trata del Grand Bell, uno de los barrios privados más importantes y conocidos de la provincia, y del frigorífico Gorina, uno de los principales exportadores de carnes del país. El municipio de La Plata permite los negocios y los organismos de control provinciales llegaron con respuestas a medias. Los vecinos siguen exigiendo soluciones.

PARA EL BARRIO DEL INTENDENTE, EL ARROYO ES UNA CLOACA

Los primeros reclamos comenzaron en la segunda mitad del año pasado, cuando el aire en las cercanías del arroyo se tornó irrespirable por el olor a deshechos cloacales que el cauce de agua emanaba. La fuente de los mismos no era otra que el principal desarrollo inmobiliario de la región, residencia múltiples empresarios, personalidades de la política, el deporte y los sectores más ricos de La Plata: el “club de campo” Grand Bell.

El barrio privado ubicado en la calle 467 entre 142 y 148 de City Bell cuenta con unos 450 casas de una valor promedio de 450 mil dólares y alrededor de 44 hectáreas de zonas comunes que incluyen lagunas privadas, canchas de golf, fútbol, tenis, vóley, básket, una pileta semi olímpica y otra de estilo caribeño y un “club house” de 1600 metros cuadrados. Pero como muchas de las residencias son casas de fin de semana, el sistema de tratamiento de residuos cloacales no estaba preparado para soportar un alto nivel de ocupación durante mucho tiempo. Evidentemente, el municipio tampoco se lo había exigido antes, permitiéndole al barrio crecer sin los servicios básicos en condiciones.

Durante la primera etapa de la cuarentena, muchos propietarios eligieron quedarse en sus casas de fin de semana y el sistema colapsó. La ocurrente solución que el fastuoso emprendimiento inmobiliario encontró al problema fue volcar sus deshechos directamente al arroyo, que atraviesa el interior del country y alimenta sus lagunas, a través de un caño de desagüe ilegal. Al ser un cauce de llanura, las aguas del arroyo no corren a gran velocidad y las excretas bajaban lento y acumulándose, apestando el ambiente. Durante meses los vecinos del barrio Nirvana no podían abrir las ventanas de sus casas por el aire nauseabundo.

El reclamo de los vecinos llegó hasta la pantalla de un medio de alcance nacional, en el que se vio al gerente del country, a metros del caño mencionado, negando descaradamente su existencia frente a las recurrentes preguntas del periodista que acababa de mostrarlo en las cámaras. Ante la insistencia de los vecinos, la Autoridad Del Agua (ADA) de la provincia de Buenos Aires constató la situación irregular en la que el barrio privado incurría, cementó la salida del caño e intimó a la administración a mejorar su capacidad de tratamiento de residuos. Pero esa solución llegó recién en diciembre, luego de casi todo un año en que la comunidad del barrio Nirvana y de los que siguen río abajo vivieron respirando literalmente entre los excrementos de los habitantes del barrio más exclusivo de La Plata.

Julio Garro buscó despegarse desde un principio del escándalo, y hubo un intento mediático de presentarlo como un vecino más que vive allí como un inquilino cualquiera, y que estaba tan sorprendido por la irregularidad como todos los demás. De mínima, el desconocimiento por parte de un Intendente de una situación así, en torno al barrio más opulento de la región y en el que él mismo vive, habla de controles municipales demasiado laxos que no pudieron detectar el ilícito y la gravedad de su impacto y hacérselo llegar. Habrá quienes sólo lo consideren una explicación y una excusa muy poco creíbles.

Hoy el arroyo ya no es una cloaca, pero eso no significa que esté sano. Porque los excrementos del Grand Bell convivieron siempre con otros residuos que hoy continúan contaminando sus aguas y perjudicando la salud de quienes viven a su vera. Se trata de los deshechos de la faena del frigorífico Gorina, ubicado aguas arriba del Grand Bell y para con quien los controles y las exigencias no parecen haber sido efectivas como en el caso del barrio privado.

“DE UN PROBLEMA ORGÁNICO A UN PROBLEMA QUÍMICO”

El frigorífico Gorina es uno de los principales exportadores de carne del país, lo cual ya es mucho decir en el país de la carne. Es también, por citar datos que de la idea de su poderío, el principal proveedor de carne para la cadena McDonald´s en la Argentina. Participante de la cuota Hilton, con el boom de venta de carne a China a partir de la gran demanda del país asiático tras su recuperación de la pandemia, llega a faenar 2500 cabezas de ganado diarias y cuenta con una importante planta que le permite industrializar y almacenar toda esa faena. En ella trabajan unos dos mil operarios, lo cual constituye al frigorífico en una de los principales establecimientos productivos de la región.

Hay un elemento que emparenta al frigorífico con el Grand Bell. En una entrevista del año 2018 puede verse al CEO de la empresa y nieto del fundador, Carlos Riusech, contando cómo el gran salto del negocio fue la construcción de la planta industrial, que les permitió romper el cuello de botella que se les presentaba al no tener capacidad para procesar y almacenar toda la carne que surgía de su capacidad diaria de faena. Pero, evidentemente, en su concepción de la expansión no entraba lo referido al tratamiento de los residuos que ese crecimiento de la producción podía generar, total estaban emplazados sobre un arroyo al cual todo podía ser arrojado. Como los desarrolladores de Grand Bell y como tantas veces sucede con las ambiciones de cierto empresariado argentino, el crecimiento sólo es considerado a partir del incremento de las ganancias y no desde las responsabilidades sociales y ambientales que ese crecimiento también tiene que implicar.

El frigorífico vierte alrededor de 4.3 millones de litros diarios de agua con residuos al arroyo. Con la explosión de su producción el año pasado se intensificó el vertido de los deshechos llamados rojos y verdes, haciendo referencia a la sangre y los fluidos vacunos y al contenido estomacal de los animales. Al igual que las excretas del Grand Bell, estos restos flotaban lentamente aguas abajo llevando su podredumbre a las inmediaciones de los hogares de miles y miles de personas. “Por supuesto que queremos que la producción argentina crezca, pero eso no puede ser a costa de la salud ni el bolsillo de los vecinos del arroyo” dice Claudio Pousada, y agrega: “al no poder abrir nuestras ventanas por el olor hay que sumarle la pérdida del valor de nuestros terrenos y nuestras casas, de las que ya tuvieron que irse varios vecinos por lo insoportable del olor ambiente. Así como están las cosas, los vecinos estamos financiando el lucro de la empresa que no hace lo que tiene que hacer”.

El problema radica en que la empresa no se hacía cargo de un correcto tratamiento de esos desperdicios, y los volcaba sin más a las aguas del arroyo. Para eso cuenta con varios puntos vertederos, ubicados en los campos linderos a la planta que la compañía adquirió para no tener inconvenientes con esta cuestión. Esto motivó el reclamo de los vecinos, que a su vez generó la intervención tanto del municipio como de la ADA, el Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible (OPDS) y la Defensoría del Pueblo de Guido Lorenzino. Todas estas instancias del Estado constataron, en distintas oportunidades, el daño por contaminación del cauce hídrico que la empresa generaba.

Una vez taponado el caño cloacal del Grand Bell, quedó muy en evidencia que el impacto contaminante del frigorífico era incluso de mayor magnitud, y en enero de este año se llegó a un acuerdo entre la empresa y el Estado por el cual la primera se comprometía a encargarse del asunto. En el plazo de un año, debería desarrollar una laguna facultativa para el tratamiento de sus residuos, que transformaría de los deshechos orgánicos en gas metano para luego incluso transformarlo en energía eléctrica y hasta convertirse en proveedor de  EDELAP. En el mientras tanto, la solución parcial asumida como compromiso por el frigorífico fue el filtrado de esos deshechos rojos y verdes y el cese de su vuelco directo al arroyo.

Pero de ahí en adelante los vecinos autoconvocados por la defensa del Rodríguez no tuvieron más respuestas por parte de los organismos intervinientes, tanto provinciales como municipales, y a más de medio año de ese acuerdo la cosa cambió y no se sabe si para peor. “Ya no se siente con la misma fuerza el olor a corral ni bajan tantos restos animales, pero ahora el arroyo baja blanquecino, un color anti natural, y el olor es químico” explica Pousada, y remata: “pasamos de tener un problema orgánico a uno químico”.

El impacto ambiental se nota cada vez con más fuerza. Los inoculantes de materia biológica fluorados con que la empresa estaría tratando los restos orgánicos serían los responsables del cambio de tonalidad del agua y de la muerte de especies animales y vegetales del ecosistema. “Hemos registrado muertes de especies autóctonas como las tortugas de cuello largo o los lagartos overos, que huyen del lugar hacia zonas más urbanas con el consecuente problema que representa. Las aves que venían a anidar ya no se acercan, y las plantas que beben del arroyo se están secando” cuento Claudio. Por supuesto que también las personas que viven cerca sufren las consecuencias, y proliferan reacciones alérgicas como un primer indicador del impacto en la salud de los habitantes de la zona.

“Están destruyendo un ecosistema por no hacer su negocio como corresponde. Y todavía no tenemos certeza sobre si esta contaminación se estará filtrando o no a la napa de agua, lo cual se tornaría en un problema mucho mayor, un daño que sería casi imposible reparar y podría afectar a las 150.000 personas que viven entre Gonnet y City Bell” afirma Pousada. Los vecinos siguen reclamando a las autoridades de ADA y OPDS para que controlen el avance de la obra a la que se comprometió el frigorífico, así como también del tratamiento actual de sus residuos, y que los informen sobre la situación. Pero no obtienen respuestas.

El municipio, por su parte, asumió su responsabilidad en el asunto pero su intervención resulta indignante. El pasado 14 de mayo se publicó en la página del municipio la imputación al frigorífico por incumplir el artículo N°144 del Código Contravencional y “contaminar el arroyo Rodríguez”. Se reconoció que el municipio constató “una sustancia que fue arrojada al cauce de agua por el frigorífico”, pero no se especificó cuál y la sanción fue la módica suma de un millón y medios de pesos, que para la facturación de la empresa es una gota de agua en el arroyo.

Los vecinos cuentan que reunidos con el Intendente Julio Garro, éste les afirmó que le iniciarían un juicio penal al frigorífico. Hasta ahora, la única denuncia penal existente la realizó un vecino contra las autoridades y el frigorífico por incumplimiento de los deberes de funcionario público y los delitos ambientales que se estuvieran cometiendo. La problemática persiste, los vecinos pasaron de vivir entre excrementos y restos animales a vivir entre químicos, y las respuestas no llegan por parte de quienes deberían proporcionarlas.

LA DEFENSA DEL ARROYO

Los vecinos autoconvocados rozan el millar de activistas y provienen de los distintos barrios que, arroyo abajo, el cauce baña con sus aguas contaminadas. El grupo no tiene liderazgos verticales, se organiza en asambleas y se mantiene apartidario en términos políticos, en parte para “no sumar otros problemas a los que ya tenemos”, y en mayor medida porque no encuentran de ningún sector de la política el acompañamiento que reclaman.“La gente se siente muy desamparada y surgen propuestas más radicalizadas que intentamos discutir porque no creemos que sean la forma” relata Pousada en referencia a posibles bloqueos del frigorífico como última medida de defensa para que cese la contaminación. “Entendemos a los trabajadores y sabemos que la responsabilidad no es de ellos. Los vecinos nunca pedimos el cierre del frigorífico, y también entendemos que la provincia quiera sostener 2000 puestos de trabajo en un momento de crisis. Pero eso no puede hacerse a costa de nuestra salud y nuestro ambiente, y la empresa tiene la posibilidad económica de encontrar otras soluciones” argumenta.

Otro actor que comenzó a involucrarse en la problemática es la juventud, a través de los Jóvenes por el Clima de La Plata, que vienen acompañado las medidas de lucha y reclamo. “La sociedad ve la crisis climática como si fuera algo del futuro, un problema para dentro de 100 años, pero está delante de nuestra narices” dice Renatta Morales Condoleo, quien participa de la organización que esta semana llevó su reclamo por el cuidado de los humedales a la puesta de la Municipalidad platense. “Las veces que fuimos al arroyo a acompañar el planteo de los vecinos realmente sentimos el ambiente nauseabundo, no se puede respirar. Si nadie reacciona frente a lo que está pasando, ¿qué futuro le tocará a las nuevas generaciones?” remata.

Un hecho reciente resulta al mismo tiempo indignante y esperanzador, y da cuenta que la problemática está a tiempo de ser abordada seriamente. “Cuando el Gobierno cerró la exportación de carnes por un mes, la producción del frigorífico bajó mucho y en ese poco tiempo el arroyo comenzó a recuperarse. Volvieron aves, las aguas se limpiaron y todo el ecosistema mejoró” relata Pousada. La misma situación que muestra cuán directo es el impacto y lo grave del efecto de la contaminación diaria del frigorífico, marca al mismo tiempo que la solución no está tan lejos ni es imposible. Se trata de que aparezca la voluntad política para exigir a fondo y con lo que cueste la ineludible responsabilidad empresarial.

La lucha es difícil, el peso de la empresa evidentemente es enorme y alcanza para torcer voluntades. El ejemplo más claro es que los vecinos cuentan cómo narraron esta situación junto a la de las excretas del Grand Bell al canal de televisión nacional que fue a cubrir el caso, y la sorpresa que sintieron al ver que el informe borró absolutamente toda mención al frigorífico, mostrando el problema como exclusiva responsabilidad del barrio privado. “Uno de los gerentes principales del frigorífico se apellida Rodríguez, y el chiste entre los vecinos es que debe creer que el arroyo homónimo es propiedad de su familia” dice irónicamente Claudio Pousada.

Que el arroyo no sea propiedad de nadie y esté vivo y sano para todos y todas es una responsabilidad urgente e indelegable de las autoridades políticas y los dueños de la compañía. El reclamo y la lucha continuarán hasta que se hagan cargo. La salud y el medio ambiente no pueden subsumirse al afán de lucro.

Fuente: Diagonales

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